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| La Lógica del Reino |
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| Lunes, 18 de Junio de 2012 22:04 |
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La espiritualidad presentada por Cristo desafía hasta a los más religiosos
Recientemente, escuché un sermón en una iglesia paulista cuyo mensaje formaba parte de una serie de predicaciones con un título, al menos, provocativo: “Ateísmo adventista”. En el primer culto, el pastor de aquella congregación justificó la serie comparando dos tipos de ateos. Los primeros, los escépticos, que niegan la existencia de Dios. Los segundos, son cristianos profesos, pero viven como si Dios no existiera. En seguida, el ministro dijo que este tipo de religiosos se encuentran en todas las denominaciones, incluso en esa comunidad. Además, desafió a los feligreses: “Esta serie es para quien tiene la valentía de admitir sus propias hipocresías”. Durante tres meses, aquella congregación reflexionó sobre la incoherencia de profesar el adventismo, pero no lograr perdonar, desconfiar de la justicia de Dios, vivir preocupado, no testificar, buscar éxito a cualquier costo, sentir vergüenza del pasado propio y no creer que Jesús volverá pronto. Aquella iglesia se enfrentó con la superficialidad de su fe. Esa serie me recordó a otro sermón contracultural y de aplicación universal. En el conocido Sermón del Monte, Jesús habló sobre la lógica del reino, o sea, los principios que rigen el cielo y que deberían caracterizar la vida de sus discípulos. Juan el Bautista (Mat. 3:1,2) y Cristo (Mat. 4:17) pautaron sus respectivos ministerios con la preparación de personas para el reino. Sin embargo, por increíble que parezca, el mensaje de Jesús respondió a la lógica de la espiritualidad de su pueblo, especialmente a aquellos que eran considerados más religiosos. Pero, ¿por qué las palabras inspiradoras del Maestro sobre la felicidad (bienaventuranzas), testimonio, relaciones, oración, ayuno y prioridades enfrentaron la resistencia de tantos? Según Elena de White, Jesús contrarió la expectativa del público. Él habló de la autenticidad en un tiempo en el que “el espíritu de verdadera devoción se había perdido en las 8tradiciones y el ritualismo” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 7). Cristo se quedó en la superficie, sino que condenó la simple apariencia de piedad. Trató de la esencia de la espiritualidad del alma, cuestionó la razón de la práctica religiosa de sus contemporáneos, llevó al pueblo a pensar en la religión más allá del nivel de comportamiento y de las creencias (aceptación cognitiva), sino que discutió la fe a nivel del sistema de valores y visión personal del mundo. Jesús hizo esto porque sabía que es solo en esa dimensión donde se logran la transformación real y los cambios duraderos. Otra de las expectativas de la multitud que Jesús contrarió fue con respecto a la naturaleza espiritual, y no política, de su reino. Los escribas y fariseos “esperaban el día en que dominarían a los odiados romanos y poseerían las riquezas y el esplendor del gran imperio mundial” (Íbid. p. 10). A su vez, los pobres campesinos y pescadores esperaban cambiar el “burdo vestido que los cubría de día y era también su cobertor por la noche” por los, “los ricos y costosos mantos de sus conquistadores” (Íbid. p.10). Delante de ese cuadro, se hace mucho más fácil entender cuán paradójicas fueron las palabras de Cristo. Él asoció la felicidad a la humildad, mansedumbre, paz, pureza, misericordia y persecución. Jesús les dijo a los marginados que ellos podrían hacer la diferencia siendo la sal de la Tierra y la luz del mundo. Afirmó que no había venido para contradecir a Moisés, ni a cualquier otro profeta, sino a ejemplificar, en el sentido más elevado, los principios revelados en el Antiguo Testamento. Jesús presentó el espíritu de la ley a una generación que había prendido a vivir explorando las brechas de la ley. A ellos, Cristo les dijo que el odio es igual al homicidio y la codicia igual al adulterio. Al final del sermón, los que hacía tiempo estaban espiritualmente hambrientos, fueron saciados, alimentados por el Pan de vida. La multitud quedó maravillada con su doctrina porque, al contrario de los escribas, él enseñaba con autoridad (Mat. 7:28,29); autoridad de quien personificó la lógica del reino.
Wendel Lima es editor asociado de la Revista Adventista y editor de la revista Conexión JA. |
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